jueves, 18 de julio de 2013

95 ANIVERSARIO DEL LEGENDARIO LÍDER SUDAFRICANO








por Emilio Marín


Todos los hombres han de morir, pero el ejemplo de Mandela no muere


Entre las pocas cosas positivas que dejó la colonización británica en Sudáfrica debe estar que el niño nacido como Rolihlahla Dalibhunga Mandela fue renombrado Nelson, por obra y gracia de una maestra anglo. Habría sido muy difícil de pronunciar su nombre y apelativo familiar original de la etnia xhoza.

El muchacho estudiaba a full y fue uno de los primeros abogados de raza negra, cuando la Sudáfrica racista no permitía esos lujos, luego remachados por el “legal” apartheid impuesto por las autoridades racistas del Partido Nacional.

Incluso cuando fue a prisión, y vaya si estuvo allí tantos años, siguió estudiando leyes a distancia, aún cuando ya su discurso no eran los códigos sino el apoyo a la lucha del Congreso Nacional Africano (ANC en inglés) y su brazo armado, Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación).

Por entonces purgaba una condena a prisión perpetua, en Robben Island; era el preso número 466/64 que oteaba el horizonte, cuando lo dejaban, en esa cárcel mar adentro, a once kilómetros de Ciudad del Cabo.

Hoy tiene 94 años y cumpliría 95 el próximo 18 de julio. ¿Llegará vivo? Es muy difícil porque desde el 8 de junio está internado por graves complicaciones pulmonares y renales. El presidente Jacob Zuma, que suspendió un viaje a Mozambique para estar cerca del enfermo, ha declarado que la situación de éste es extremadamente complicada. Mandela se está muriendo y esta circunstancia vuelve a acusar al dictatorial apartheid contra el que luchó toda su vida. Es que las enfermedades pulmonares le aparecieron en sus tiempos de preso y nunca fueron debidamente atendidas.

El histórico personaje puede morir en cualquier momento. Será una gran pena. Con mayor motivo hay que subrayar algunos rasgos de quien en su ejemplo va a perdurar.

La historia completa

Desde la salida en libertad de Mandela, en febrero de 1990, y los avances del ANC hacia el poder, ganando las elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente en 1993 y luego la presidencia del país (1994-1999), su figura subió al tope de las preferencias de los pueblos.

En esas condiciones, hasta sus enemigos más pérfidos se arrimaban a él para compartir parte de sus logros, como el último presidente racista, Frederik de Klerk, nominado junto al ex preso para recibir en 1993 el premio Nobel de la Paz.

Curiosa academia que, cuando debe premiar a un revolucionario o antiimperialista, lo hace colgándole de “socio” a un impresentable. Igual hizo en 1973 con el vietnamita Le Duc Tho, cuando le adosó al criminal Henry Kissinger, y años más tarde con Yasser Arafat, distinguido junto a Shimon Peres y Yitzhak Rabin.

La verdad es que en la lucha más dura del ANC y con sus dirigentes presos, luego condenados en el proceso de Rivonia, que terminó llevándolos a Robben Island, la solidaridad con aquéllos venía de Cuba, URSS, China y países socialistas, los partidos comunistas y movimientos de liberación del Tercer Mundo como el MPLA de Angola, el Frelimo de Mozambique, las organizaciones de Namibia, etc. Del Primer y Segundo Mundo, poco y nada... Recién en 1980, cuando el preso número 466/64 llevaba diecisiete años tras rejas, la ONU pidió por su libertad.

La paz y la guerrilla

Mandela siempre fue un político popular, abogado, de verbo atrayente y gran sonrisa: un político de masas. Y si a eso se le suma el dato fundamental de que estuvo 27 años años preso, sin abdicar de sus principios, y que luego llegó a presidente, entonces es fácil elogiarlo.

Y está bien que así sea, pero con una condición: habría que hablar de su vida toda, no de un momento. Se pueden destacar aspectos de un tiempo dado, pero sin perder de vista la biografía general. ¿A qué viene la aclaración?

A que ciertas agencias internacionales y medios argentinos pintan ahora al líder como una suerte de león herbívoro, un pacifista que siempre puso la otra mejilla. El conductor del noticiero de Canal 12 de Córdoba (grupo Clarín), Gustavo Tobi, dijo que había sido siempre un pacifista que pregonaba las mismas tácticas de Gandhi.

Esa es una versión amputada y falsa. Mandela se incorpora al ANC en los años 50 y en ese momento proponía una resistencia pacífica, ante un desproporcionado estado enemigo armado hasta los dientes y que gozaba de protección internacional por el Reino Unido (era miembro del Commonwealth) y Estados Unidos. La Carta de la Libertad (1955) planteaba los reclamos de la mayoría negra oprimida brutalmente por la minoría blanca, que apenas significaba el 14 por ciento de la población.

Pero esa ilusión de ablandar al régimen “a lo Gandhi” duró hasta 1960. Las continuas matanzas, como la de Shaperville, empujaron a la organización negra (y con participación de algunos blancos, porque Mandela tenía un punto de vista multirracial ya entonces) a la resistencia armada. Se formó Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), conocido con la sigla MK.

Los principios

Cómo y cuándo Madiba (como se lo conoce en su país) y sus compañeros se lanzaron a la lucha de guerrillas, lo contó él en su discurso en Cuba, provincia de Matanzas, el 26 de julio de 1991, cuando llegó en su primera y conmovedora visita.

“Es bien sabido que la respuesta del estado a nuestras legítimas demandas democráticas fue, entre otras, la de acusar a nuestra dirigencia de traición y realizar a comienzos de los años 60 masacres indiscriminadas. Estos hechos y la proscripción de nuestra organización nos dejó sin otro camino que el de hacer lo que ha hecho cualquier pueblo que se respete a sí mismo -incluido el cubano-, es decir, levantarnos en armas para reconquistar nuestro país de manos de los racistas”, dijo el visitante, en medio de los aplausos de Fidel Castro y muchos miles de cubanos en ese acto por el el 38º aniversario del Moncada.

Como tantos otros revolucionarios, el sudafricano no era un enamorado de la violencia sino que acudió a ella y la justificó cuando las élites genocidas no le dejaron otra opción. Mientras estaba preso, un régimen ya decadente le ofreció la libertad a cambio de renunciar a la lucha armada y admitir como legales los “bantustanes” o zonas para negros, que -bajo la excusa de la “autonomía”- eran una forma de marginar a los negros. Allí Mandela sacó patente de héroe internacional. Se negó a aceptar esas indignas condiciones. Recién salió de la prisión en febrero de 1990, sin capitulaciones.

Gran amigo de Cuba

Otro aspecto que las agencias noticiosas dependientes del Departamento de Estado ocultan o tergiversan del personaje es su profunda amistad con Cuba y Fidel Castro.

En las biografías que escriben del sudafricano no figura la visita que hizo a la isla en 1991 ni la devolución del entonces presidente cubano a Sudáfrica en la asunción del xhosa como mandatario el 10 de mayo de 1994.

Otro ejemplo de la censura, omisión, olvido, etc -que cada quien califique- es que de la lista de premios internacionales obtenidas, figuran casi todas menos una. Consignan el Nobel de la Paz, Jawaharlal Nehru al Entendimiento Internacional (India, 1980); Simón Bolívar de la UNESCO (1983); el de la Fundación del Tercer Mundo para los Estudios Sociales y Económicos (Reino Unido, 1985); el de la ONU en el campo de los Derechos Humanos (1988); Al-Gaddafi de los Derechos Humanos (Libia, 1989); Lenin de la Paz (URSS, 1990); el de la UNESCO en el campo de la Paz (1992); Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional (España, 1992); Gandhi de la Paz (India, 2001); y el Embajador de Conciencia de Amnistía Internacional (2006).

A esa prolífica nómina le falta la Orden José Martí, la máxima distinción de Cuba, que le fue impuesta en 1991 por Fidel Castro a nombre de su país.

Y no es un detalle menor. En su discurso del 26 de julio de ese año en Matanzas, Mandela agradeció profundamente la solidaridad y apoyo cubano de toda la vida, desde la propia de la acción política, el envión a la libertad sudafricana que supuso la victoria de Cuito Cuanavale (1987) en Angola, donde las tropas cubanas y angolanas derrotaron la invasión de los militares sudafricanos, la ayuda posterior de los médicos cubanos, etc.

Pero mejor que lo diga el propio orador del acto mencionado:

“La presencia de ustedes y el refuerzo enviado para la batalla de Cuito Cuanavale tienen una importancia verdaderamente histórica. ¡La aplastante derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale constituyó una victoria para toda África! ¡La decisiva derrota de las fuerzas agresoras del apartheid destruyó el mito de la invencibilidad del opresor blanco!

¡La derrota del ejército del apartheid sirvió de inspiración al pueblo combatiente de Sudáfrica! ¡Sin la derrota infligida en Cuito Cuanavale nuestras organizaciones no hubieran sido legalizadas! ¡La derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale hizo posible que hoy yo pueda estar aquí con ustedes! ¡Cuito Cuanavale marca un viraje en la lucha por librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid!”.

Cuando Mandela muera, porque todos los hombres han de morir, será llorado en todo el mundo, ante todo en su Sudáfrica natal y también en su admirada Cuba.

sábado, 13 de julio de 2013

SER REVOLUCIONARIO EN CUBA, HOY




por Enrique Ubieta Gómez



¿Qué significa ser revolucionario? Los estudiosos del marxismo saben que en sus orígenes, la socialdemocracia se fracturó: los reformistas, cada vez más alejados de las concepciones de Marx, se quedaron con el nombre y los revolucionarios crearon el partido comunista. La polémica “reforma vs. revolución” tiene una larga historia. Ahí están los textos de Lenin, de Rosa Luxemburgo, entre otros. Pero la definición o la opción revolucionaria, y su existencia práctica, no son exclusivas de un partido o de una clase social, aunque sí de una época. Porque los burgueses fueron revolucionarios en su momento. Y el movimiento anticolonial en la era del imperialismo tuvo por lo general un carácter revolucionario. José Martí creó el Partido Revolucionario para lograr la independencia de Cuba, y dicen que hablaba de la revolución necesaria que habría de iniciar una vez alcanzado el poder.

 Por eso, me gusta hacer referencia a la tradición cubana del término. Cintio Vitier, por ejemplo, asumiendo los riesgos reductores de cualquier agrupamiento, establece dos tendencias “espirituales” en el último tercio del siglo XIX: la revolucionaria (independentismo, modernismo literario, antievolucionismo) y la reformista (autonomismo, preceptismo literario, evolucionismo positivista). Lo cierto es que Revolución es Creación, salto sobre el abismo, o sobre el muro de la aparente imposibilidad –“seamos realistas, hagamos lo imposible”, decían los estudiantes parisinos del 68–, mirada de cóndor, pero es sobre todo una toma de partido “con los pobres de la Tierra”. Si tomamos a José Martí como modelo de revolucionario, observaremos en él tres características que se repiten en Fidel Castro:

1. Opción ética antes que teórica: se adopta una teoría para luchar contra la explotación, y no a la inversa. Es vocación de justicia social. “En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre”, escribía Martí. “El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, acotaba Ernesto Che Guevara. “Es precisamente el hombre, el semejante, la redención de sus semejantes, lo que constituye el objetivo de los revolucionarios”–ha dicho Fidel. El poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton se burlaba de las posiciones esnobistas de la pequeña burguesía en estos versos:

Los que
en el mejor de los casos
quieren hacer la revolución
para la Historia para la lógica
para la ciencia y la naturaleza
para los libros del próximo año o el futuro
para ganar la discusión e incluso
para salir por fin en los diarios
y no simplemente
para eliminar el hambre
para eliminar la explotación de los explotados.

Hay revolucionarios que desconocen la teoría marxista. Y hay académicos marxistas muy conocedores de cada texto, de cada frase de Marx, que jamás han salido a la calle, que son incapaces de sentir, de vibrar, con el dolor o el júbilo ajenos, que no militan; esos académicos “marxistas” no son revolucionarios. Tampoco son continuadores de Marx. Uno de los resortes formadores y auspiciadores de una Revolución, es la solidaridad.

2. Radicalidad en la comprensión y en los actos; el revolucionario busca la raíz del problema, aún cuando no pueda extirparla de inmediato, aún cuando se equivoque al señalarla, y pasa rápidamente a la acción. A diferencia del reformista, no pretende mitigar el dolor o enmascararlo, sino eliminar la enfermedad.

3. El revolucionario es una persona de fe. No en el sentido religioso. Ninguna declaración mejor que la que hace Martí (otra vez Martí) a su hijo, en la dedicatoria del Ismaelillo: tengo, le dice, “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”. Fe en el pueblo, en sus capacidades. El revolucionario entiende los límites de lo posible, y los trasgrede. En esto también se diferencia el reformista, que por razones de clase desconfía o subestima al pueblo. Creer, no es extirpar la duda; los revolucionarios vivimos la angustia de la duda, que es la del conocimiento. Sin embargo, el cínico es contrarrevolucionario, aunque no lo sepa.

Algunos ideólogos de la contrarrevolución reducen la actitud revolucionaria al acto violento, al uso de las armas. Como si las revoluciones armadas no ocurrieran en respuesta a la violencia del poder burgués. Ser un radical –ir a las raíces–, no es optar por la violencia. En su afán por desideologizar hasta el mismísimo concepto de revolución, pretenden hacer pasar como acciones revolucionarias las revueltas violentas de los politiqueros de la seudo república, que querían hacer valer el poder personal. Ni siquiera los antimachadistas o antibatistianos eran necesariamente revolucionarios. Y contraponen el socialismo revolucionario al que llaman “democrático” (socialdemócrata), porque aquel no respeta el orden burgués. El socialismo no solo puede, sino que debe ser democrático, aunque no en el sentido que el sistema capitalista otorga al término. Debe y puede ser más participativo, más inclusivo, más solidario, más representativo. Debe y puede defender la individualidad, no el individualismo, porque es el único camino capaz de transformar a las masas en colectivos de individuos.

Ciertas cualidades o virtudes éticas constituyen el fundamento o la base sobre la que se erige un revolucionario. Pero es una ética esencialmente política, social, no privada, que no puede vaciarse o desligarse de las contradicciones fundamentales de cada época. No se es revolucionario con respecto a los intereses personales, sino de cara a la sociedad. Hay personas conservadoras –por razones biográficas, y quién sabe si hasta por razones genéticas–, que repelen los cambios bruscos, la incertidumbre de lo nuevo, que disfrutan el orden y la rutina. No son contrarrevolucionarias. En sus Palabras a los intelectuales (1961), Fidel Castro decía:

“Nadie ha supuesto nunca que (…) todo hombre honesto, por el hecho de ser honesto, tenga que ser revolucionario. Ser revolucionario es también una actitud ante la vida, ser revolucionario es también una actitud ante la realidad existente (…)”.

Y agregaba más adelante:  “Es posible que los hombres y las mujeres que tengan una actitud realmente revolucionaria ante la realidad no constituyan el sector mayoritario de la población; los revolucionarios son la vanguardia del pueblo, pero los revolucionarios deben aspirar a que marche junto a ellos todo el pueblo (…) la Revolución nunca debe renunciar a contar con la mayoría del pueblo; a contar, no sólo con los revolucionarios, sino con todos los ciudadanos honestos que aunque no sean revolucionarios, es decir, que aunque no tengan una actitud revolucionaria ante la vida, estén con ella. La Revolución sólo debe renunciar a aquellos que sean incorregiblemente reaccionarios, que sean incorregiblemente contrarrevolucionarios”.

Allí donde una Revolución ha triunfado, el adjetivo –que en el globalizado mundo del oficialismo burgués suele endilgarse como insulto–, se convierte en elogio. Una persona es trabajadora, “buena gente” y revolucionaria. La cotidianidad puede descontextualizar el sustrato rebelde y el significado político del término y reducir la condición del revolucionario a la honradez o a la decencia. A veces, puesto que la Revolución ha tomado el poder, se identifica con el buen comportamiento o la corrección. Decimos: “en el fondo él (ella) es revolucionario(a)”, como si dijéramos que, más allá de sus apariencias, “es una persona noble”. Y creemos que el niño o el joven “más revolucionario”, es el que “se porta bien”.

De cierta forma, el calificativo se aburguesa. Esto parece casi inevitable, pero no lo es: una Revolución en el poder necesita establecer su “normalidad”, su gobernabilidad. Defenderse como poder político es la premisa de cualquier poder político, mucho más cuando se trata de un contrapoder acorralado por el Poder Global –que no solo acecha en el plano físico (material, militar), sino también en el espiritual, en el ámbito de la reproducción de valores–, y su normalidad es una “anormalidad” fuera de sus fronteras geográficas.

Ser revolucionario es participar en la consolidación del gobierno revolucionario, establecer un frente común con ese gobierno, para defender cada conquista y establecer las nuevas metas, aún cuando los grados de participación en la determinación de esas metas son aún insuficientes o se ejercen de manera formal.

 La democracia socialista, esencialmente superior, tiene todavía un largo camino por recorrer. Ser revolucionario también es participar desde la crítica comprometida. Criticar no es enunciar un hecho cierto, es actuar sobre él, empujarlo hacia su solución. Lo que otorga veracidad y justeza a una crítica no es el hecho enunciado, es su sentido. Si se desideologiza la crítica, se deshuesa, y se falsean sus enunciados.

De manera imperceptible, ocurre un lento proceso de separación o destilación del contenido “rebelde” que toda actitud revolucionaria presupone. Esto no es bueno. Vienen entonces los que enarbolan la rebeldía y la contraponen al ser revolucionario –vieja aspiración de la subversión imperialista: promover la rebeldía antirrevolucionaria, lo que significa decir, que los rebeldes sean antirebeldes, que aspiren a ser “normales”, inconformes frente a la rebeldía y conformes frente a la enajenación global–, o en sus antípodas, aquellos que consideran que el ser rebelde es el verdadero ser revolucionario.

Estos últimos pueden perder el sentido de orientación, porque la rebeldía a secas, habitualmente manipulada por el mercado capitalista, tiene una larga historia de convivencia y a veces de connivencia con el capitalismo. La rebeldía juvenil no es ni puede ser enemiga del espíritu revolucionario; ser revolucionario es la forma superior de ser rebelde. Sin la inconformidad que propicia la rebeldía y sin su disposición para romper moldes, normas, esquemas, es difícil ser revolucionario. Las universidades cubanas no pueden ser “de o para los revolucionarios”, son centros formadores; deben ser, eso sí, formadoras de revolucionarios. De sus aulas salieron Mella y Fidel. El capitalismo (la cultura del tener) intenta domar la rebeldía incentivando sus formas primarias: el desacato, la irreverencia; intenta aislar al rebelde, concentrarlo en sí mismo, explotar al máximo su expresión individualista, transformarlo en un cínico. El socialismo (la cultura del ser), pretende encauzar esa rebeldía hacia la acción transformadora, ponerle mayúsculas, hacerla partícipe de las causas más justas de su época.

Vivo en el barrio centrohabanero de Colón, y muchas personas en mi entorno deben enfrentar enemigos más concretos e inmediatos que el imperialismo norteamericano, al menos eso parece, cuando la corrupción, la burocracia, la doble moral, la insensibilidad, el “sálvese quien pueda” se imponen. Creo, como ellos, que ese es el enemigo principal. Pero no podemos confundir su nombre: se trata del capitalismo, de su capacidad para regenerarse dentro del socialismo, que no es más que un camino (no un lugar de llegada) hacia otro lugar, hacia otra esperanza o certeza de vida mejor.

Si desvinculamos ese nombre de aquellas manifestaciones, o las enlazamos erróneamente al camino que hemos emprendido, perdemos el rumbo. No podemos ser revolucionarios hoy, en este mundo globalizado, si no somos anticapitalistas, si no somos antiimperialistas. Si no sentimos como propios las conquistas, los peligros, las humillaciones, de otros pueblos. Si no defendemos la unidad de los revolucionarios cubanos y la de los pueblos latinoamericanos frente al imperialismo. No podemos ser revolucionarios si creemos que el mundo tiene el largo y el ancho de una calle, o de un barrio, o de un país. Si aceptamos los consensos que otros construyen, y no construimos los nuestros. Si vaciamos cada palabra de los contenidos de combate, porque de inmediato serán llenadas de otros contenidos, por aquellos que nos combaten.

Martí, Mella, Guiteras, el Che, Fidel, se parecen demasiado, para que nos inventemos ese asunto de las generaciones. No han dejado de ser jóvenes. Cambian las tareas, las coordenadas, pero no las actitudes, los principios, el horizonte al que siempre nos acercamos sin llegar. Por otra parte, nadie se hace revolucionario de una vez y para siempre. Hay que nacer como revolucionario cada mañana, cada día.

Los papeles no están predestinados ni son inmutables: el héroe de 1868 pudo convertirse en traidor veinte años después; el indeciso de entonces, quizás empuñó las armas con dignidad en 1895; el guerrero valiente de la manigua pudo dejarse seducir por la corruptora política neocolonial; el enérgico antimachadista, desilusionarse de sus ideales de juventud o convertirse en un profesional de la violencia; el revolucionario de la Sierra o del Llano, acomodarse o enredarse en las redes del burocratismo; el escéptico de aquellos días, transformarse en un miliciano fervoroso, en un héroe cotidiano e invisible; el dirigente juvenil, acodado en el balcón de la buena conducta y los aplausos, convertirse en un repetidor de consignas vacías y el profesional rebelde, crecer como tal hasta hacerse revolucionario.

Entre unos y otros, disfrazados, están los oportunistas, los “pragmáticos”, los cínicos de siempre. A todos los cerca la historia y, de sus actos múltiples, solo perdura el instante de eticidad fundadora que sostiene a la Patria: “ese sol del mundo moral” que ilumina y define a los seres humanos, según la frase que Cintio rescatara de José de la Luz y Caballero. Una Patria que es Humanidad, que no está en la “hierba que pisan nuestras plantas”, o en unas costumbres siempre en evolución, sino en un proyecto colectivo de justicia. Una Patria que aspira a fundirse con la Humanidad, y que mientras, defiende su espacio para fundar, para crear, para proteger la dignidad plena de sus hombres y mujeres.

Revolucionarios o no, a quiénes, y hasta dónde y cuál revolución, fueron algunos de los criterios de Acanda, quien consideró como esencial punto de partida “la condición humana” para la adjudicación de este calificativo.

Con una sociedad altamente envejecida, sin el protagonismo necesario de los jóvenes en la construcción del sistema social cubano, y con influyentes diferencias generacionales en la interpretación de la realidad, Cuba se enfrenta hoy a una renovación, si no forzosa, al menos sí inminente de los cargos y líderes públicos, lo que impone la urgencia de cavilados puntos de entendimiento y confluencias de “los revolucionarios cubanos”. Esta fue una de las ideas amasadas por los asistentes al debate, quienes analizaron las influencias del término en la historia de la Revolución Cubana.

Harold Cárdenas, desde su posición de bloguero, y luego del “bloqueo” al que fue sometido el blog La Joven Cuba, opinaba que “Ya estamos cansados de los estereotipos, lo que fue revolucionario en otros tiempos puede que ya no lo sea, es más, no lo puede ser por una razón cronológica básica.” Y apuntaba más tarde que “habría que estudiar hasta qué punto la juventud cubana es revolucionaria o hasta qué punto la realidad en la que se ha formado le ha permitido serlo.”

Más allá de las interpretaciones, o de “cuán revolucionario” se puede ser, Cuba se enfrenta hoy a la conceptualización y definición en resultados reales de su proyecto de país, lo que Acanda hizo notar en la opción de la Revolución Cubana por el socialismo, que no puede ser otra cosa que “socialización del poder y de la propiedad”, aspectos en los que hoy la nación vive interesantes transformaciones.

“No es posible analizar con nuevos códigos viejos tiempos ni actitudes, sin embargo, es también imposible aplicar viejas concepciones a nuevas realidades, y esto último está ocurriendo demasiado en nuestra realidad”, opinó Harold Cárdenas, quien concordó con Israel Rojas en que la realidad cercana es la principal modificadora de las concepciones de los cubanos, más allá de cualquier lección anticapitalista y antiimperialista, por muy correctas que sean.

Con el salón abarrotado, gente de pie, manos alzadas que no pudieron intervenir por la urgencia del tiempo, “Dialogar, dialogar” abre otra brecha para la interpretación de la realidad cubana y, quizás más temprano que tarde, sirva de canal para una creciente participación ciudadana en los cambios y derroteros que se construyen hoy en Cuba.


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